El desafío diario

Para Rafeef, de 10 años, la rutina matutina es básica: uniforme, clases y el sueño de aprender inglés el próximo año. Pero vivir en Taiz, Yemen, significa que su camino a la escuela es, literal, una zona de guerra. Su colegio se encuentra al borde de una montaña que domina un valle, el cual funciona como una 'tierra de nadie' entre las fuerzas respaldadas por el gobierno y los combatientes hutíes. Cada mañana, tiene que subir la colina expuesta a las posiciones de francotiradores hutíes en los picos superiores. Es aterrador, pero ella sigue asistiendo, principalmente porque es el único momento en el que sus padres sienten que es seguro dejarla salir.

La realidad del frente

Taiz ha sido un campo de batalla masivo durante años. Los hutíes, que controlan el norte del país, intentan tomar la ciudad para asegurar el dominio total. El peligro es real; los residentes reportan personas alcanzadas por francotiradores, y el personal escolar describe el entorno como uno donde 'la situación puede explotar en cualquier momento'. Incluso fuera de la escuela, los riesgos son altos. Un ataque reciente con morteros en un taller mecánico local cobró la vida de un niño de tres años llamado Ahmed y dejó a un chico de 11 años, Amjad, en estado crítico con heridas de metralla. Es un escenario de pesadilla absoluta para las familias que solo intentan existir.

Por qué importa

Más allá del desolador costo local, Taiz es estratégicamente vital. Los hutíes están usando drones y ofensivas intensificadas para cercar la ciudad, mientras que las fuerzas gubernamentales presionan para recuperar el control de otros puntos estratégicos, como el estrecho de Bab al-Mandab. Con millones de niños yemeníes sin poder ir a la escuela debido al conflicto, la determinación de Rafeef por seguir asistiendo es lo único normal que le queda.